Muchas se quedan

Lo más nocivo de la violencia que sufrí  (sufro todavía, cuando me acuerdo o lo platico con amigos o en terapia; cuando sé de otra historia similar; cuando pienso en todas las historias similares que no sé; cuando pienso en las que terminaron peor que la mía) fue (sigue siendo) la cercanía que tuve con el agresor; el amor que le tuve y el (aparente) entendimiento que había entre nosotros, además de la longevidad de nuestra relación. Fuimos amigos desde la preparatoria. Nos mantuvimos en contacto durante la universidad, a pesar de que hicimos carreras en distintas ramas. Siempre compartimos muchos gustos y algunos amigos; salíamos juntos a fiestas, al cine, a casi cualquier cosa. Me cuidaba y me llevaba de regreso a mi casa. Comenzamos a ser novios mucho después, cuando nos titulamos, y parecía que la amistad era un buen fundamento para una relación amorosa.

Es una historia larga… Nos fuimos a vivir juntos al extranjero, pero desde antes me di cuenta de un rasgo de su personalidad que nunca había demostrado antes, cuando éramos amigos (o que yo no percibí como algo tan grave) y que me desagradaba mucho. Era posesivo, celoso y controlador. Pero…. siempre hay un pero. Me lo explicaba a mí misma de mil maneras. Que está triste, que está lejos, que es parte del duelo por la muerte de su madre (lo cual no era del todo cierto: era así desde antes de que su mamá muriera). Que es su forma de querer, que así aprendió, que en el fondo no lo hace en mala onda, sólo no se da cuenta. Quizá es muy inseguro, quizá no se siente guapo… Quizá está deprimido, no se ha podido adaptar a la vida en otro país, extraña a su familia… Pero va a cambiar.

El cambio fue que empeoró. Desde que me mudé con él fue agresivo conmigo en varios grados y de muchas maneras; de forma directa o “como que no quiere la cosa”; en público y en privado. Por omisión o con actos; verbalmente o con su silencio.

Por ejemplo: sistemáticamente se negaba a ayudarme con las labores de la casa y hacía bromas al respecto. Después lavaba tres platos para decirme, la siguiente vez que yo le pedía que hiciera la mitad de [cualquier actividad doméstica]: “yo siempre hago todo”. Era tan sorprendente para mí que no sabía cómo reaccionar. Pensaba “¿de verdad lo cree?”. Le decía: “no es cierto”, y se enojaba. Eso se volvió el telón de fondo de nuestra relación. En el primer plano estaban sus celos, del pasado, del presente y del futuro: mensajes a todas horas de ¿dónde estás? ¿qué haces? ¿con quién estás? ¿a qué hora llegas?; preguntas persecutorias como ¿por qué te tardaste tanto? Siempre llegas a las 8…¿saliste tarde de tu clase? y ¿qué hicieron durante tantas horas? ¿de qué hablaron? ¿estabas conectada? (Este acoso terminó en que revisara TODOS los correos de mi bandeja de entrada y todos los mensajes de mi celular para luego citar mis propias palabras para culparme de múltiples engaños–inexistentes­– y conductas “asquerosas”) También había otras preguntas acerca de mi arreglo: ¿por qué te arreglaste hoy, a quién vas a ver? ¿por qué te depilaste/por qué no te depilas? Etc., etc. Había preguntas más obsesivas que sobrevenían en sus momentos más oscuros: ¿segura que no te gusta nadie más?, ¿segura que no te acostaste con nadie más?, ¿siempre te he gustado yo?, ¿nunca me traicionarías?, ¿eres mía y sólo mía?  O, en la calle, ¿por qué te le quedaste viendo?, ¿qué estás viendo? Te vi. ¡Viste a ese güey!, ¿por qué me mientes? Y luego desplantes infantiles: me dejaba de hablar o me dejaba hablando sola (o caminando sola). Daba portazos. Se emborrachaba y me gritaba sin importar que hubiera más gente: “tú me engañas”, “tú no me quieres”. Llegó a hacerme la “ley del hielo” en un viaje con su familia (fue extremadamente incómodo y humillante. Retorcido). Intentaba (y logró) alienarme de mis amigos y mi familia. Nunca me dejaba tener una conversación telefónica en privado e incluso me interrumpía para asegurarse de estar en todo. Siempre espiaba la pantalla de mi computadora cuando yo estaba trabajando en casa. Cuando podía, señalaba algún defecto de mis amigas o amigos y lo exageraba, hasta que yo le ponía un alto, y se enojaba. Esta era su faceta pasiva.

Su faceta activa fue escalando: desde aventar cosas (llaves, ropa, hasta una cafetera, que yo le regalé) en mi dirección, pero siempre calculando no golpearme, hasta golpearse a sí mismo para hacerme sufrir. Una vez se hizo un moretón en el ojo con su propio puño. Otra vez se sangró las encías. Otra vez se tomó un frasco entero de Ibuprofeno. Otras miles de veces gritó que se quería morir. Una vez se intentó ahorcar y yo metí mis manos entre el cinturón y su cuello. Cuando decidí salir del cuarto porque ya no soportaba, me jaló de la camiseta y la rompió; cuando estaba casi fuera, me cerró la puerta: se me atoró el tobillo y caí al piso. En otra ocasión en que traté de dejar el cuarto después de una discusión, simplemente me lo impidió interponiendo su cuerpo. Cuando quise pedir un taxi para irme, me quitó el celular y lo estrelló en el piso. Me dijo que no podía decirle “dame mi celular” porque no era mío: él lo había pagado. Esa vez también me aventó su bebida en la cara.

Nuestra vida sexual se vio disminuida casi desde el comienzo, por estas actitudes. Entonces siempre estaba enojado; no lo decía así, pero su discurso era que yo “no le cumplía”. Quería que usara ropa interior “sexy”. Protestaba porque yo no tenía ganas. Me chantajeaba emocionalmente para que lo tocara aunque yo no quisiera. Yo pensaba “bueno, mejor esto que coger sin ganas”. Se enojaba porque yo no lubricaba.  Atribuía mi falta de deseo a que seguramente me acostaba con otros. Me decía cosas acerca de mi cuerpo que no me gustaban. Le decía que no me gustaban y las seguía repitiendo.

Me tardé mucho en reconocer que su conducta era abusiva porque pensaba que la gente a mi alrededor me iba a juzgar y me iban a preguntar ¿y por qué estás con él?, ¿por qué no lo dejas? Y yo no sabía qué contestar a esas preguntas.

La crisis final se desató cuando encontró una “comprobación” de su teoría acerca de mi “infidelidad”: saber que me había acostado con alguien pocos meses antes de que comenzáramos a ser novios, cuando salíamos. Me dijo: “eres una puta”; me dijo “te quiero partir la madre”.

Unos días después, una noche en la que yo me había metido al cuarto a leer porque, como siempre, habíamos discutido y no se había resuelto nada (y además estaba borracho, de nuevo) entró y me golpeó con ganas de hacerme daño de verdad. Yo diría que quería matarme. Me golpeó, a puño cerrado, en la cara, en la cabeza; me tiró al suelo. Me pegó en el estómago, en las nalgas. Cuando quise huir me arrastró por el piso jalándome del pelo. Me estrelló la frente contra un mueble. Probablemente me pateó mientras yo me retorcía en el piso. Cuando grité me tapó la boca tan fuerte que me rompió varios dientes. Me mordió el brazo. Me siguió golpeando la cara. (No me acuerdo en realidad del orden). Me sometió con todo su cuerpo sobre el mío. Me ahorcó hasta que empecé a sentir que me asfixiaba, que poco a poco me iba faltando oxígeno, me sentí mareada y tuve mucho miedo de morir. No sé por qué me soltó… Me siguió golpeando pero en algún momento en que dejó el cuarto huí por el patio trasero, en piyama y descalza, y logré meterme al patio de los vecinos, que me ayudaron y me dejaron quedarme con ellos. No creo en Dios pero sentí que la sola existencia de estos vecinos había sido providencial.

Si describo todo esto desde el comienzo y en detalle es porque creo que hay muchas mujeres que han sufrido relaciones así o que se encuentran atrapadas en una relación con un hombre patológicamente celoso y no saben cómo salir de ella o bien, no se imaginan el riesgo que están corriendo. Creen que “no es tan grave” o que “se le va a pasar” o todas estas cosas que yo creí. Espero poder ayudar a alguna mujer con este testimonio o, aunque sea, ayudarla a que comience a ayudarse a sí misma. Otra razón por la que narro mi historia es para hacer conciencia acerca de que el abuso y la violencia domésticas no son una cuestión de clase. Este hombre recibió una educación de primera, en instituciones privadas, tuvo todos los recursos a la mano siempre, hizo una carrera en la UNAM, colaboró con investigadores renombrados y recibirá un doctorado por parte de una de las universidades más prestigiosas en el área de biofísica en Estados Unidos, con una beca de CONACYT.

Por todo esto, concuerdo con la atinada consigna de mis compañeras de marcha este pasado 24 de abril de 2016: Rebeldía es estar vivas.

Porque podría no haber sobrevivido. Tuve la suerte de que me ayudaran y pude tomar la decisión de irme pero, como me han dicho muchas de mis amigas, muchas se quedan.

Anónima

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Author: Ana

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