Recuento incompleto de mis acosos

Me atrevo y traigo al presente el testimonio de #MiPrimerAcoso. Tengo cinco o seis años, llevo puestos los shorts del uniforme de deportes de la primaria y siento la mano de mi tío ahí dentro, se supone que estamos viendo caricaturas en la televisión. No sé si eso pasó una vez o varias, es una imagen que a veces me asalta y provoca náuseas.

Fast-forward algunos años. He tenido un par de novios, creo que mi vida sexual es bastante sana, mi papá impulsa todos mis sueños, incluso a costa de los enojos de mi mamá (esto se lo agradeceré toda la vida y aprenderé a valorarlo después de elaborar, en terapia, el machismo de mi papá que se manifestaba de otras maneras y con otras personas). Aún no tengo contacto con el feminismo y vivo mis privilegios de clase, color de piel y orientación sexual sin mucho reparo. Sin embargo, una seguidilla de médicos se encargará de hacerme pasar malos momentos.

Un ginecólogo me mira con desdén cuando lee mi respuesta a una pregunta en el cuestionario de “primera consulta”: ¿Número de parejas sexuales? Nunca entendí para qué nos preguntaban eso, seguro que a ningún hombre se lo preguntan en un consultorio médico.

Vamos, ni siquiera tienen que ir al urólogo a menos que les pase algo muy, pero muy preocupante; nosotras aprendemos desde pequeñas que, en esta cultura, haber nacido con ovarios y útero será causa de molestias, prejuicios y dilemas. Otro médico, ya teniéndome desnuda de la cintura para abajo y con las piernas al aire, me pasó un espejo y con aire de suficiencia me espetó “Mira, te presento a tu vagina”. Yo tenía veintidós años y me masturbaba desde que usaba mameluco para dormir, creo que algo conocía de mí misma. La asistente de otro ginecólogo me acarició las piernas mientras me preparaba para la auscultación. Creo que una de las reflexiones que me llevó a interesarme inicialmente por el feminismo fue darme cuenta de cómo la medicina ha problematizado nuestros cuerpos, ha convertido nuestros procesos naturales en enfermedades y ha lucrado con los padecimientos que sí son enfermedades.

En mis relaciones de pareja todo bien, excepto por un tipo que, cuando terminé con él, decidió secuestrarme en un hotel durante cinco horas. No me tocó ni un pelo, nomás quería darse el gusto de ejercer su poder sobre mi persona y hacerme sentir como una cucaracha. Quiero decir, también, que la mayoría de los hombres con los que me he relacionado romántica y/o sexualmente vive el coito como único o principal lenguaje afectivo, sin darse cuenta de que cuando la relación no está bien se avanza mucho más como pareja con una conversación, un masaje mutuo de pies o un desayuno en la cama que con un roce en el pecho o una caricia en la entrepierna. Esto no siempre ha constituido para mí violencia, pero sí genera rechazo y la sensación de que mucho se pierde al concebir la intimidad como algo acotado al sexo.

En la calle el acoso es una constante, no importa la edad, el atuendo ni la hora del día ni el rumbo de la ciudad… ni la ciudad. Hace unos veinte años iba caminando por los alrededores del Museo Tamayo y un tipo me dijo “Qué ricos pezoncitos”.

Hace tan sólo un par de años tres tipos me rechiflaron y gritaron obscenidades desde un camión de Marinela que estaba estacionado. Yo llevaba un vestido, eran las 11:30 de la mañana y caminaba frente a un kínder que está a cincuenta metros de mi casa.

Me acerqué a preguntarles por qué me faltaban al respeto, sólo uno respondió: “Porque quiero, malcogida”.

Una vez un tipo fornido que estaba sentado en una banqueta en La Habana Vieja me gritó “¡Hay que ver cuánto tiempo hace que no me como una blanca!” Fui hasta él y le dije que no tenía derecho de violentarme. Por supuesto que no se quedó callado ni sintió vergüenza: “Tengo todo el derecho que me da la gana, en mi país yo digo lo que pienso y estás para comerte, mamita”.

Todas las noches saco a mi perra a dar un paseo. Hace no mucho, vi que un corredor venía hacia nosotras. Cuando pasó a mi lado me metió la mano entre las piernas. Y siguió corriendo como si nada, con sus opulentos tenis y su banda en la cabeza.

En la esquina de mi calle hay un edificio cuyo portero, cada vez que pasaba una mujer, le chiflaba, oculto en su “garita de vigilancia”. Fui testigo de cómo lo hacía con mujeres que iban caminando delante de mí y también lo hizo conmigo más de una vez. Una mañana me harté, subí la escalinata del edificio, le toqué en los cristales polarizados y le exigí dar la cara. Le grité, lo cuestioné, lo amenacé con hablar con los condóminos y dejarlo sin trabajo. Y no, no fui violenta, me defendí, a ver si vamos comprendiendo la diferencia. El tipo agachó la cabeza y por fin dejó de chiflarnos como si fuéramos perros.

 

Atenea Acevedo

Author: Ana

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